Un Poderoso Salvador

Hay silencios que pesan.

El evangelio según Lucas comienza con danto testimonio del silencio. El sacerdote Zacarías, recibe una promesa imposible, se le dice que tendrá un hijo. Sin embargo, duda, y esa duda lo deja mudo. Meses sin palabras. Meses viendo crecer el milagro frente a sus ojos, pero sin poder hablarle ni darle un nombre.

Cuando Juan nace, la lengua de Zacarías se desata. Y lo primero que hace no es hablar de sí mismo. No habla de la experiencia vivida, ni del milagro que ha presenciado, ni de la ternura de su hijo. Habla de otro.

«Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,
Y nos levantó un poderoso Salvador»
— Lucas 1:68-69a

Después de siglos sin profecía —desde los días de Malaquías— el Señor vuelve a irrumpir en la historia. La ausencia de palabras que experimentó Zacarías, ya lo había experimentado la humanidad, pero de parte de Dios. Cuatrocientos años en silencio, generaciones enteras aprendiendo a vivir con la sensación de que el cielo estaba mudo.

No obstante, Dios no había olvidado a su creación.

El Dios que visita

Nosotros solemos pensar la fe como el intento humano de alcanzar el cielo. Escalar, mejorar, esforzarnos lo suficiente. Pero el evangelio comienza al revés, no somos nosotros ascendiendo, es Dios descendiendo.

Zacarías lo muestra al bendecir a un Dios que visita. No a un Dios distante, no a un espectador cósmico, no a una mera teoría religiosa. El padre de Juan el bautista, con sus primeras palabras, bendice a un Dios que se introduce en la historia humana.

Si uno mira el universo —su vastedad, su escala, su indiferencia aparente— podría concluir que somos irrelevantes. Una mota de polvo suspendida en la inmensidad. Y, sin embargo, el Dios que sostiene galaxias decidió involucrarse en nuestra historia concreta, en nuestros dolores, en nuestras enfermedades, en nuestras dudas silenciosas.

No somos insignificantes para Él. Antes de que decidiéramos buscarlo, Él ya había decidido visitarnos.

La anestesia de la comodidad

Zacarías cantaba a la redención pensando, quizás, en liberarse del yugo romano y recuperar la soberanía política. Compartía el anhelo mesiánico de su tiempo, centrado en lo terrenal. No obstante, la liberación que Dios estaba gestando operaba a un nivel mucho más profundo.

Nosotros seguimos cometiendo el mismo error. Oramos por cambios circunstanciales (y está bien hacerlo), pero reducimos la salvación a que las cosas mejoren un poco. Queremos menos presión, menos dolor, más estabilidad, más comodidad. Y a veces la obtenemos.

El problema es que podemos vivir cómodos y seguir cautivos. Una cárcel, aunque tenga todas las comodidades y esté construida de oro, sigue siendo cárcel.

Un corazón anestesiado sigue necesitando redención.

Hay momentos en que no sentimos urgencia espiritual. Todo parece estar bien y en orden. Pero la Escritura no describe nuestra condición como alguien que necesita un pequeño empujón moral para alcanzar la paz interior, sino que nos retrata como muertos espirituales. Por eso la redención no es autoayuda. Es rescate.

Un poderoso Salvador

Jesús no es sólo un maestro de ética ni un camino de autoperfección. No es un profeta cualquiera ni un coach motivacional. En el Benedictus, Zacarías lo llama un poderoso Salvador. Esa palabra cambia la perspectiva, admite que estamos ante un abismo que no podemos cruzar solos. Nos recuerda que, si la solución no nace de nuestra capacidad, es porque el problema supera nuestras fuerzas

Cristo no vino a ofrecernos técnicas para sobrevivir mejor en nuestra prisión, ni dar bienestar y comodidad a nuestra esclavitud. Vino a romper los barrotes. No vino a lanzar un salvavidas desde la orilla, sino a sumergirse hasta el fondo para rescatarnos.

La salvación no descansa en nuestra fuerza espiritual, sino en la suya. No en nuestra constancia, sino en su fidelidad. No en nuestra capacidad de sostenerlo, sino en su decisión de sostenernos.

La salvación no encuentra su cimiento en nuestra fuerza, sino en su poder. No descansa en nuestra errática manera de vivir, sino en su eterna fidelidad. No se afirma en nuestros brazos caídos; son sus manos poderosas las que, aun cuando flaqueamos, nos sostienen.

Cuando todo parecía silencio, Dios habló.
Cuando todo parecía perdido, Dios actuó.
Cuando nosotros no podíamos ascender, Él descendió.

El Dios que visitó a Zacarías no ha dejado de visitar a su pueblo. Nuestra esperanza no está en cuánto control logramos mantener, sino en aquel que gobierna incluso cuando nosotros sentimos que todo se desordena.

No estamos solos, no estamos olvidados, ni estamos llamados a salvarnos a nosotros mismos. Aun cuando el bienestar, la comodidad o la aparente tranquilidad adormezcan nuestra conciencia de necesidad, Cristo permanece fiel.

Tenemos un poderoso Salvador.

Y eso es suficiente.


J. P. Zamora

Basado en el mensaje compartido en la Navidad de 2025 en la Iglesia Cristiana Fuente de Restauración

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