
Tres actos proféticos
La entrada de Jesús en Jerusalén no es sólo una escena emotiva para inaugurar la Semana Santa. Es, en realidad, una secuencia cuidadosamente construida. Marcos ordena los eventos con un propósito claro. Jesús no solamente entra a la ciudad, Jesús actúa. Y lo que hace revela quién es Él y qué está a punto de suceder.
No son episodios aislados ni reacciones impulsivas. El Señor —como los profetas del Antiguo Testamento— se comunica por medio de actos proféticos. Mientras la multitud celebra, Jesús está anunciando tres cosas: la llegada del Rey humilde, el juicio sobre una religiosidad sin fruto y el fin de un sistema religioso que ha perdido su propósito.
1. Jesús anuncia que es el Mesías
«Entonces trajeron el pollino a Jesús y echaron encima sus mantos, y Jesús se sentó sobre él. Y muchos tendieron sus mantos en el camino, y otros tendieron ramas que habían cortado de los campos» (Marcos 11:7-8 LBLA)
Cuando Jesús entra en Jerusalén, no está simplemente protagonizando una escena emotiva. Está realizando un acto profético deliberado. Envía a sus discípulos a buscar un pollino no por comodidad ni por casualidad, sino con un propósito mesiánico muy concreto. El profeta Zacarías había anunciado la entrada del Mesías como un rey humilde que traería salvación y justicia a su pueblo. Sin discursos grandilocuentes ni proclamaciones explícitas, Jesús está declarando quién es. No con palabras, sino con acciones.
He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna [cf. Zacarías 9:9]. Montado en un pollino, el rey prometido ha llegado. Sin embargo, no viene con espada ni con ejército, no viene a conquistar Roma. Viene humilde. Y ahí comienza el problema, porque lo que el pueblo esperaba era poder terrenal. Lo que Jesús ofrece es algo completamente distinto, la paz con Dios.
«Bendito el que viene en el nombre del Señor;
desde la casa del Señor os bendecimos» (Salmo 118:26 LBLA)
La multitud grita «¡Hosanna!» y entona el Salmo 118, canto de liberación y auxilio ante los enemigos. Las expectativas están en lo más alto. Todo parece listo para el momento decisivo. Pero entonces ocurre algo desconcertante: Jesús llega a Jerusalén, entra al Templo… y no hace nada. No hay confrontación, no hay toma del poder, no hay revolución. Sólo observa.
El evangelio de Marcos dice que miró todo alrededor y se fue, porque ya era tarde. Como un rey que inspecciona su territorio o un juez que examina la evidencia antes de dictar sentencia. El juicio no tardará, pero primero hay una mirada, un escrutinio. Y eso también nos incomoda, porque preferimos un Dios que actúe de inmediato, obre sin esperar, no uno que primero observe en silencio.
2. Higuera maldita: Hojas sin fruto
Al día siguiente, Jesús se acerca a una higuera (Marcos 11:12–14). Desde lejos parece prometedora, está llena de hojas y da toda la impresión de vida. No obstante, al acercarse, no hay fruto. Y entonces la maldice.
A primera vista parece una reacción extraña, incluso desproporcionada. Pero no es sobre el árbol. Es otro acto profético. En el lenguaje bíblico, la higuera representa al pueblo de Dios, y lo que Jesús está señalando es claro, este pueblo tiene apariencia de algo, pero no hay realidad. Hay hojas, pero no hay fruto. Con este relato, el evangelista nos guía hacia el juicio posterior que viene sobre la ciudad que debía ser centro de paz y justicia.
La imagen de la higuera no es sólo para Jerusalén, también es una advertencia a nosotros. Porque es perfectamente posible vivir rodeado de cosas espirituales —iglesia, canciones, lenguaje cristiano, ministerios— y aun así estar vacío por dentro. Desde lejos podemos vernos bien. Sin embargo, cuando el Señor se acerca ¿encontrará fruto en nosotros?
3. El juicio de Dios sobre el Templo
A la luz de la escena de la higuera se entiende lo que viene después. Jesús entra al Templo y vuelca las mesas (Marcos 11:15–17). El Señor no está simplemente denunciando al comercio o la corrupción de los cambistas. Está declarando algo mucho más profundo por medio de sus acciones. El Templo ha dejado de cumplir su propósito. Había actividad, movimiento y religión, pero Dios ya no estaba en el centro 1.
Jesús cita Isaías 56:7: «Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones». El Templo debía ser un lugar abierto, un espacio donde incluso los extranjeros pudieran acercarse a Dios. Pero se había transformado en exactamente lo contrario, un sistema cerrado, un lugar tan ocupado que las naciones ya no podían entrar.
«¿Se ha convertido esta casa, que es llamada por mi nombre, en cueva de ladrones delante de vuestros ojos? He aquí, yo mismo lo he visto —declara el Señor» (Jeremias 7:11 LBLA)
Sin embargo, el acto profético no queda ahí. Jesús añade una segunda cita, esta vez de Jeremías 7, y cambia completamente el ángulo. No está hablando de cambistas corruptos ni de precios abusivos. Está apuntando a algo mucho más oscuro. En ese pasaje, Jeremías confronta a un pueblo que vivía en idolatría, que oprimía al extranjero, que descuidaba a la viuda y al huérfano, que cometía injusticias, y que luego entraba al Templo para sentirse seguro delante de Dios, como si tal lugar fuera un escudo que los volvía intocables. «Cueva de ladrones» no describe un lugar donde se roba, sino uno donde los ladrones se esconden. Donde los abominables encuentran refugio en la religiosidad para seguir sintiéndose impunes.
La Reina Valera titula este episodio como “la purificación del Templo”. Sin embargo, el Señor no estaba reformando el sistema religioso ni limpiándolo para seguir usándolo. Su gesto fue un acto profético. Estaba declarando juicio sobre el Templo y Jerusalén.
Eso también nos alcanza. Hoy no tenemos un templo como el de Jerusalén, pero tenemos nuestras propias versiones, nuestras propias falsas seguridades. Quizás tu confianza descansa en que eres buena persona, o en haber crecido en la iglesia, en asistir cada semana, en dar ofrendas, en haber «aceptado a Jesús» alguna vez. Son cosas que desde lejos se ven bien, que suenan a vida espiritual saludable. No obstante, Jesús ya nos mostró que las hojas no son fruto. Es perfectamente posible refugiarse en toda esa actividad religiosa mientras por dentro la vida está lejos de Dios, mientras persisten la injusticia, la dureza de corazón, la indiferencia hacia el prójimo. El Templo tenía mucho movimiento. Sin embargo, estaba muerto.
La pregunta final
«Cuando salía del templo, uno de sus discípulos le dijo: Maestro, ¡mira qué piedras y qué edificios! Y Jesús le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada» (Marcos 13:1-2 LBLA)
El relato termina con una advertencia silenciosa. La higuera fue examinada y se secó. El Templo fue examinado y fue destruido. Jesús anunció que no quedaría piedra sobre piedra, y así ocurrió décadas después. Pero la historia no termina ahí.
El Nuevo Testamento nos dice que ahora el Templo es el pueblo de Dios, la iglesia, nosotros. Y eso significa que la mirada del Rey no quedó en Jerusalén. Sigue vigente. Sigue observando.
A pocos días de Semana Santa, la pregunta no es si participamos, si asistimos o si conocemos la historia. La pregunta es otra: cuando el Rey examine nuestra vida, ¿habrá fruto?
Porque un día volverá. La primera vez vino humilde, para salvarnos del pecado. La segunda vez vendrá en gloria, para juzgar al mundo y hacer justicia. Y cuando ese día llegue, no preguntará cuántas hojas tuvimos, cuántas reuniones asistimos ni cuántas canciones cantamos.
El Rey que entró humildemente en Jerusalén volverá como Señor de toda la creación. Y cuando Él vuelva, toda higuera será examinada.
J. P. Zamora
Adaptación de sermón predicado el 22 de marzo en la Iglesia Fuente de Restauración
- – E. P. Sanders, Jesús y el judaísmo, Editorial Trotta, p. 99. ↵