
Este año cumplí 39 años de vida y 30 años desde que comencé a congregarme. No crecí en un hogar donde se asistía a la iglesia, pero sí en uno donde el nombre de Dios nunca fue ajeno. Mi abuelo —pentecostal— me habló de la Biblia antes de que aprendiera siquiera a caminar. No recuerdo grandes discursos de esos años de niño, pero sí recuerdo algo que nuestro mundo actual ya ha olvidado: un casete.
En esa cinta, hoy perdida, mi abuelo me grabó cantando una canción sobre la historia de Zaqueo. La oía de vez en cuando y a mi familia le causaba gracia cómo la entonaba, con esa mezcla de solemnidad infantil y entusiasmo jocoso. En ese momento era sólo un casete más entre muchos. Nadie pensaba que algún día esa tecnología desaparecería. Nadie imaginaba que algo tan simple podría volverse irrecuperable.
Hoy ese material no está. No sé cuándo se perdió. Tal vez en una mudanza. Tal vez se mojó con una de las tantas lluvias que mojaban el cuarto donde se guardaban esos recuerdos. Tal vez yo grabé encima. Tal vez simplemente dejó de importar, hasta que importó.
El tiempo hace eso. Convierte lo cotidiano en irrepetible. Lo que hoy asumimos permanente mañana puede no existir. Las tecnologías cambian. Los objetos se rompen. El cuerpo envejece. La memoria se desgasta. Incluso estas letras escritas en un blog podrían no perdurar. No lo sabemos.
Todo sufre el paso del tiempo.
Aunque nos creamos importantes y centrales en este mundo, en algún momento también dejaremos de estar. Un día, todos los que hoy conocemos no estarán, y llegará la hora en que nuestro propio nombre ya no sea pronunciado por nadie que nos haya visto a los ojos.
Esa no es una afirmación desesperanzada; es simplemente humana.
Nos trasladamos de la comuna de Recoleta a Conchalí. En esos años tocaron a nuestra casa los testigos de Jehová. Yo era un niño curioso. Me regalaron Mi libro de historias bíblicas. Lo leí con mucho entusiasmo. Aún recuerdo algunas de sus ilustraciones. Job en medio del sufrimiento, la vara con flores de Aaron y aquella particular representación de la crucifixión en un poste. Mi mente de niño no entendía las disputas doctrinales detrás, sino que sólo veía historias bíblicas.
No pasó mucho tiempo cuando mi mamá decidió cortar esa relación. Algo no le cuadraba. Con los años entendí que esa decisión no nació de la nada. Los años que mi mamá pasó en la iglesia de mi abuelo no fueron inútiles. Aunque ya no se congregaba, algo permanecía. La fe seguía teniendo raíces y esas raíces me protegieron. En ese entonces, lo decisivo no fue mi discernimiento, sino el de ella.
Lo que Dios sembró no se desperdició.
Tenía nueve años —la misma edad que hoy tiene mi hijo Maximiliano— cuando el profesor de religión del colegio al que yo asistía (The Little School) habló con mi mamá. Le dijo que me veía interesado en su clase, que él pastoreaba una iglesia cerca y que me invitaba a la escuela dominical. Así llegué a la Iglesia Bautista El Salvador.
La tía Teresita me iba a buscar cada domingo; ella era mi maestra de escuela dominical en el grupo de los Jóvenes A, una clase que no correspondía a mi edad, pero a la que asistía feliz. Ella caminaba bastante tiempo para ir a buscar y a dejar a este pequeño niño que iba a la iglesia. Fui solo durante un tiempo; sin embargo, luego llegaron mis hermanos y finalmente, mis padres.

Un cáncer atacó a la tía Teresita y la llevó a la presencia del Señor. Ese cuerpo que caminaba cada domingo para buscarme se fue antes de tiempo. Pero cada cosa que hizo, cada palabra que habló, cada domingo que apartó —cosas que quizás para muchos eran pequeñas y cotidianas— afectaron vidas para bien. Las suyas siguen hasta hoy.
Fue también allí donde, mezclando mi amor por Volver al futuro y Grease, se encendió la idea de aprender a tocar guitarra. En la iglesia me enseñaron los primeros acordes. Con el tiempo, esa guitarra terminó acompañando alabanzas, vigilias y reuniones domingo tras domingo.
Dios suele tomar motivaciones simples y las conduce a propósitos más profundos.
Treinta años han pasado desde entonces. Han sido años de convicciones y dudas, de gozo y conflictos, de amistades entrañables y también de divisiones dolorosas. La iglesia no ha sido un espacio idealizado; ha sido un espacio humano. Y precisamente por eso, el lugar donde he visto la gracia operar con mayor claridad.
Cuando miro hacia atrás, no veo una suma de casualidades. Veo una trama. Lo que parecía azar —unas visitas inesperadas, un pequeño libro ilustrado, una conversación entre un profesor y una madre, un deseo infantil de tocar guitarra— hoy lo entiendo como un acto de la providencia divina.
No sé qué pasará mañana. No sé cuál será la historia final de mis hijos. No puedo garantizarles un camino sin tropiezos. Tampoco puedo asegurar que recordarán cada detalle de lo que intento enseñarles.
No obstante, estoy seguro de esto: Dios no olvida.
Lo que para nosotros se pierde —como ese casete— no se pierde en Él. Si nuestra memoria falla, la suya no. Si un día nuestro nombre deja de pronunciarse en la tierra, no deja de existir en su corazón. Su memoria no depende de soportes magnéticos ni de servidores que algún día alguien apagará. Hay un Dios que recuerda, y eso cambia todo.
Mi abuelo terminó sus días afectado por el alzheimer. Ese abuelo lleno de energía y fe estaba al final enfermo y apagado. Olvidó todo: nuestros nombres, cómo escribir, quién era él mismo. Pero nunca se olvidó de Dios.
Tal vez esa cinta extraviada sea una pequeña parábola de nuestra condición. Todo lo que tocamos se desgasta; todo lo que acumulamos se deteriora; incluso nosotros mismos somos frágiles. Pero aquel niño que cantaba sobre Zaqueo, que soñaba con guitarras eléctricas por culpa del cine, que levantaba la mano en clases de religión, hoy es padre. Y cuando miro a mis hijos, entiendo que también ellos están viviendo escenas que ahora parecen pequeñas y que mañana podrían volverse sagradas en su recuerdo.
No controlo su futuro. No controlo el paso del tiempo. No controlo la permanencia de nada.
Pero sí puedo reconocer, con gratitud, lo que hasta aquí ha sido.
Treinta años después, entre lo que se perdió y lo que permanece, entre lo que se rompió y lo que fue restaurado, sólo puedo decir, como solía escuchar de la gente más grande en esos años: Ebenezer.
J. P. Zamora