
Hoy es el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, y me parece un buen momento para reflexionar en algo que dentro de la iglesia nos cuesta decir, y eso es que la consejería bíblica tiene límites. No lo digo para restar valor al estudio de la Biblia, a la labor pastoral, ni mucho menos a la obra del evangelio. Lo digo porque callar estos límites tiene un costo, y ese costo a veces se paga con vidas.
Frente al sufrimiento —y la ideación suicida es una de sus formas más agudas— existe la tentación de reducir todo el tema a una sola causa, a una sola solución. En algunos contextos esa causa será algún pecado oculto, o error sin confesar. A veces, la culpa la tendrá la falta de fe. O bien, una puerta espiritual abierta que hay que cerrar. Cada una de estas lecturas puede tener algo de razón. Sin embargo, no es algo que pueda explicar todos los matices, ni ser la bala de plata que acabe con el problema.
«Entonces se sentaron en el suelo con él por siete días y siete noches sin que nadie le dijera una palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (Job 2:13, LBLA)
El relato de Job nos ayuda a abordar el tema del sufrimiento. Sus amigos, al ver su estado, y antes de decir una sola palabra, se sentaron con él en el suelo durante siete días, en silencio, porque comprendían que su dolor era muy grande. Curiosamente, ese fue el momento en que estuvieron más cerca de acompañarlo y empatizar con él. El problema llegó después, cuando abrieron la boca y comenzaron a teorizar sobre su situación. Ellos estaban convencidos de que todo sufrimiento tiene una raíz moral identificable, y de que bastaba con encontrar esa raíz para resolver el problema de una sola vez. Conocemos el final de esa historia. Dios mismo les reprocha no haber hablado con rectitud, a diferencia de Job (cf. Job 42:7 LBLA).
Lamentablemente, seguimos repitiendo la misma lógica de los amigos de Job cada vez que alguien en la congregación atraviesa una depresión severa o experimenta el dolor y el sufrimiento. Muchas veces nuestra respuesta se limita a incentivar el ejercicio de la oración, el arrepentimiento y el aumento de fe, como si el problema fuera exclusivamente un tema de disciplina cristiana.
No me malinterpreten, hay algo cierto en esa preocupación. La fe importa, y no hay que relativizarla. No obstante, el pensamiento suicida rara vez es sólo una cuestión de convicciones. Con frecuencia hay de por medio una condición clínica, física, un desequilibrio que la Escritura por sí sola no está diseñada para tratar, del mismo modo que la lectura bíblica no reemplazaría a la insulina para alguien con diabetes.
«Porque saturada está mi alma de males, y mi vida se ha acercado al Seol. Soy contado entre los que descienden a la fosa; he llegado a ser como hombre sin fuerza, abandonado entre los muertos. (Salmo 88:3-5, LBLA)
El salmo 88 es, casi en su totalidad, el clamor de alguien que se siente al borde de la muerte, sin fuerzas, cercano al sepulcro, y —a diferencia de casi todos los demás salmos de angustia— el autor de este texto no finaliza con un giro hacia la esperanza. Si la Escritura misma deja espacio para el lamento sin una salida inmediata, nuestra consejería debería poder hacer lo mismo, en vez de apurar una conclusión que la persona todavía no puede sostener.
Aquí es donde la consejería bíblica necesita reconocer sus propios límites sin dejar de ser lo que es. Vale la pena mirar cómo Dios mismo trató a Elías cuando, agotado, pidió morir (cf. 1 R 19:4). La respuesta no fue una reprimenda ni una palabra inmediata. Fue dejarlo dormir y darle de comer, dos veces, antes de hablarle (cf. 1 R 19:5-8). El cuidado vino primero, la palabra después.
Un pastor puede —y debe— acompañar, orar, sostener, hablar de la esperanza eterna y de la presencia de Dios en medio del dolor. Sin embargo, cuando identifica señales de riesgo, su responsabilidad no termina ahí. También incluye saber derivar a un especialista de la salud mental, y hacerlo sin que eso se sienta como una derrota espiritual, ni para él ni para la persona a la que aconseja.
Derivar no es abandonar. Un pastor que reconoce que necesita ayuda profesional para alguien no está renunciando a su vocación, sino que está ejerciendo su labor con mayor amor y responsabilidad. Compartir en XCreo que ahí está la clave y lo que debemos aprender como iglesia. Derivar no es abandonar. Un pastor que reconoce que necesita ayuda profesional para alguien no está renunciando a su vocación, sino que está ejerciendo su labor con mayor amor y responsabilidad.
El costo de no hacer esta distinción ni reconocer los límites del trabajo pastoral es real. Cuando una iglesia trata cada crisis exclusivamente como un problema «espiritual», corre el riesgo de estigmatizar el tratamiento profesional, de hacer sentir a alguien que su sufrimiento es culpa suya, o de retrasar una ayuda que no admite demora. Ninguna de esas decisiones es neutra, y pasar por alto ello puede ser —literalmente— cuestión de vida o muerte.
El libro de Proverbios ya lo decía: «Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria» (cf. Pr. 11:14, LBLA). Ese principio, escrito mucho antes de que existiera la psicología clínica, ya apuntaba a algo que seguimos necesitando aprender, y es que ningún consejero agota por sí solo lo que una persona necesita.
Por eso, si hay algo que en las iglesias necesitamos construir con urgencia, es un puente real hacia la atención profesional. Necesitamos relaciones con psicólogos y psiquiatras de confianza, protocolos claros para cuando alguien manifiesta ideación suicida, y una cultura donde buscar ayuda profesional se hable con la misma naturalidad con la que se habla de orar por alguien.
Nada de esto le quita valor a la consejería bíblica. Al contrario, una consejería que conoce sus límites es más honesta, y probablemente más útil, que una que pretende tenerlo todo resuelto. Porque frente a alguien que está pensando en quitarse la vida, lo que se necesita no es una explicación completa de su sufrimiento. Se necesita humildad, discernimiento y la voluntad de poner a esa persona por encima de cualquier marco que insistamos en aplicarle.
J. P. Zamora
Si quieres profundizar en esta relación entre fe y psicología, te recomiendo el capítulo 9, «Fe y psicología», del libro Posmodernidad y fe de Theo Donner (Editorial CLIE). Puedes encontrarlo aquí.