El pueblo del libro

«Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre, entró en la sinagoga el día de reposo, y se levantó a leer» (Lc 4:16 LBLA)

Haga el siguiente experimento: un domingo entre a cualquier congregación cristiana y ponga atención en cada cosa que hacen. Ahora, ¿qué es lo que ve? ¿Nota algo particular? Obviamente dependiendo de la denominación o tradición presenciará diversas maneras de adoración, distintas formas de orar, variadas expresiones y costumbres, pero de seguro algo se repetirá en todas ellas: la lectura de las Escrituras.

Desde sus orígenes el cristianismo se ha caracterizado por ser una religión que gira en torno a un libro. Así como los judíos tienen el Tanaj y los musulmanes el Corán, los cristianos tenemos la Biblia. Tan arraigado está este concepto que es difícil siquiera imaginar una religión que no tenga un libro sagrado.

En la actualidad, estamos acostumbrados a tener nuestra “Santa Biblia”, lo que es un compendio de libros agrupados en dos grandes conjuntos: el Antiguo y Nuevo Testamento. Pero esto no siempre fue así. Como imaginará, en los primeros años del cristianismo no existía lo que hoy llamamos Nuevo Testamento. En sus inicios quienes creían que Jesús era el Mesías fueron, en su mayoría, judíos. Es por eso que la Biblia de los primeros creyentes —por llamarla de algún modo— fueron los escritos judíos, que en la actualidad llamamos Antiguo Testamento.

Tomemos por ejemplo, el conocido versículo de 2 de Timoteo 3:16: “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia”. Aquí Pablo no está hablando de la Biblia tal y como la conocemos hoy, y aunque muchas veces caemos en la tentación de leer los escritos de los apóstoles con los lentes de nuestra realidad, debemos recordar, una vez más, que las primeras comunidades cristianas que emergían del judaísmo, se alimentaban de los textos veterotestamentarios, de la versión griega de estos (LXX) y de la enseñanza apostólica que era transmitida de forma oral.

«Cuando esta carta se haya leído entre vosotros, hacedla leer también en la iglesia de los laodicenses; y vosotros, por vuestra parte, leed la carta que viene de Laodicea». (Col 4:16 LBLA)

Es alrededor del año 50 d.C que comienzan a circular las primeras epístolas de Pablo, las cuales iban dirigidas a comunidades específicas donde se leían a viva voz para luego ser compartidas en las congregaciones de los alrededores. Con el pasar del tiempo, estos escritos apostólicos, adquirieron una distinción especial en las distintas comunidades mesiánicas a lo largo del Imperio. Tanto así que, a las epístolas paulinas se le pone al nivel de “las otras Escrituras” (cf. 2 Pedro 3:16).

Juan 7, Codex Vaticanus, Siglo IV

Esta reverencia por los escritos apostólicos también se ve evidenciada en las copias y difusión que se hacía de ellos. Realizar tales copias era un trabajo arduo, no era tan sencillo como sacar una fotocopia o copiar un PDF, replicar estos textos exigía esfuerzo y dedicación. Lo mismo pasaba con la distribución, no era algo simple, los primeros cristianos no poseían correos electrónicos o sistemas de encomienda para difundir estos escritos. La cantidad de copias del material apostólico en los primeros siglos, da testimonio de la importancia que tenía para los primeros cristianos el compartir estos textos, pues lo consideraban algo sumamente relevante para la fe.

Ahora bien, en un inicio no existía una lista única de libros cristianos que entraran en la categoría de “Escrituras”. De hecho, cada comunidad tenía en alta estima ciertos evangelios, ciertas epístolas, apocalipsis e inclusive otros textos que hoy no consideramos parte del canon bíblico; pero de a poco la lista de libros que compondrían lo que hoy llamamos Nuevo Testamento fue adquiriendo su forma definitiva. Ya en la mitad del siglo III d.C, la Iglesia en su conjunto, reconocía los 27 libros neotestamentarios como Escrituras Sagradas.

El día de hoy la relación entre la Escritura y Iglesia tiene matices y diferencias dependiendo de la tradición cristiana a la que cada quien se adscriba. Conceptos como Santa Tradición, Magisterio, Sola Escritura, Prima Escritura o Solo Escritura, están vinculados a las maneras en que se entiende esta relación.

Para la Iglesia Ortodoxa, la autoridad radica en la Santa Tradición, la cual consiste en “la fe y la práctica impartidas por Jesucristo a sus Apóstoles, y que desde aquel entonces se han ido transmitiendo de generación en generación dentro de la Iglesia”1. Es así que, para la Iglesia Ortodoxa, la Biblia es parte de esta Santa Tradición, a la cual pertenecen también los Credos, los Concilios Ecuménicos, los escritos de los Padres y todo lo relacionado con el testimonio del Espíritu Santo en la Iglesia.

En occidente, la Iglesia Católica Romana posee como autoridad a la Iglesia misma. Esto significa que la autoridad es la Tradición2 y las Santas Escrituras, donde el Magisterio vivo —compuesto por Obispos en comunión con el Papa— son los únicos autorizados para interpretar la Palabra de Dios, oral o escrita.

Lutero ante la Dieta de Worms, por Anton von Werner

Es así que en el siglo XVI, en medio de la Reforma Protestante, Lutero dice su famosa defensa ante la Dieta de Worms: “El Papa y los Concilios han caído muchas veces en el error y en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo tanto, si no me convencen con testimonios sacados de la Sagrada Escritura, o con razones evidentes y claras, de manera que quedase convencido y mi conciencia sujeta a esta Palabra de Dios, yo no quiero ni puedo retractar nada, por no ser bueno ni digno de un cristiano obrar contra lo que dicta su conciencia. Heme aquí; no puedo hacer otra cosa; que Dios me ayude. Amén.” Esto muestra en esencia la base de la Sola Escritura, doctrina que sostiene que las Escrituras son la fuente infalible de revelación divina y que ellas son la norma de fe y conducta en la vida del creyente.

Pasado el tiempo, el concepto de Sola Escritura fue mucho más allá. La doctrina sostenida por Lutero, Zuinglio y Calvino, pasó a convertirse en Solo Escritura. Aún cuando los reformadores insistían en que la Tradición Apostólica estaba de su parte y la valoraban, algunos grupos, tal como se ve en el evangelicalismo actual, desecharon cualquier otra fuente que no fuera la Biblia, de ese modo llegaron a lo que se conoce como Solo Scriptura o Nuda Scriptura, es decir, la escritura desnuda y desprovista de contexto. Por ejemplo, muchos el día de hoy se niegan a conocer la historia de la cristiandad argumentando que no se necesita nada más que las Escrituras, o no leen ningún libro cristiano porque sólo se debe leer la Biblia, incluso llegan a cuestionar la doctrina de la Trinidad simplemente porque la palabra Trinidad no aparece en el Texto Sagrado.

Es debido a estas confusiones con el término Sola Scriptura que algunos protestantes 3 han optado por el concepto de Prima Scriptura. Prima es una palabra en latín que significa “primera” o “más importante”, donde las Escrituras vendrían a ser la autoridad primera o la más importante. De ahí que, frente a temas grises, como por ejemplo ¿Cuál es el modo apropiado del bautismo? ¿Se puede usar incienso en la liturgia cristiana? ¿Qué pasa con el uso de instrumentos en la comunidad neotestamentaria? ¿Cómo se debe estructurar un culto? ¿Cuál debería ser el sueldo de un pastor? buscamos las respuestas en otras fuentes, ya sea en nuestra razón, en nuestra experiencia o incluso en nuestra tradición. Por este motivo es que debemos comprender que cuando los reformadores hablaban de autoridad de las Escrituras, no estaban diciendo que debíamos hacer SÓLO lo que aparece en la Biblia, sino que el creyente no debe hacer nada que CONTRADIGA a las Escrituras.

En definitiva, la Biblia es parte fundamental de nuestra espiritualidad, de nuestra historia, de nuestra fe. Los cristianos somos el pueblo del Libro. Desde el inicio, cuando éramos una secta dentro del judaísmo, los textos del Antiguo Testamento nos mostraban las promesas de Dios que se cumplían en el Mesías. Más tarde, las buenas noticias de Dios en Cristo fueron plasmadas en lo que hoy es nuestro Nuevo Testamento. Así pues, la Biblia en su totalidad nos habla del Señor, desde Génesis hasta Apocalipsis, todo apunta a Cristo, por eso no nos cansemos de relacionarnos con las Escrituras, no nos cansemos de mirar en ellas a Cristo.

– J.P. Zamora


Escrito originalmente para Preparad el Camino.
Fotografía por Kiwihug
  1. – Kallistos Ware, La Iglesia Ortodoxa. Editorial Angela. (July 14, 2006). Página 177-8
  2. – Es importante hacer aquí una pequeña distinción. Aún entre Ortodoxos y Católicos hay diferencias entre lo que se entiende por Tradición. Se critica a la Iglesia de Roma el hecho de confundir la Tradición Apostólica con Tradición Eclesiástica y mantener en constante evolución la enseñanza apostólica.
  3. – Este concepto es mayoritariamente protestante, he leído algunos artículos en internet donde dicen que la Iglesia Ortodoxa se adscribe a esta idea, pero como hemos aclarado más arriba, ellos no hacen una distinción entre Tradición y Escritura, sino ven todo como una sola fuente.
Bibliografía:
  • Bruce, F.F. (2002). El canon de la Escritura. Editorial Clie.
  • Comfort y Serrano. (2008). El origen de la Biblia. Editorial Tyndale.
  • Kallistos Ware. (2006) La Iglesia Ortodoxa. Editorial Angela.
  • Hurtado, Larry W. (2017). Destructor de los dioses. El cristianismo en el mundo antiguo. Ediciones Sígueme.

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